Capturando la Luna. Cómo empezó todo...

 

Cuando era un niño, me sucedió algo curioso. Correteaba en el patio de mi casa, al fresco de una noche veraniega, cuando tuve una visión que me dejó paralizado. En el patio había un barreño lleno de agua y allí, sobre la superficie, flotando en el tibio líquido, estaba la luna. Ni siquiera era la luna llena, pero era la luna. A mi corta edad, la fascinación que sentí fue infinita. ¡La luna estaba bañándose en mi barreño!

Me puse muy nervioso. Miré a mi alrededor y vi una sábanas recién lavadas, que mi madre había puesto en el tendedero para que se secasen. Cogí una de ellas y, con la máxima cautela posible –arrastrando de paso la sábana húmeda por el suelo del patio– fui dando pequeños pasos hacia el barreño. Cuando estuve lo suficientemente cerca, lancé la sábana para tapar el barrreño y, así, evitar que la luna escapase.

Gritando como un poseso avisé a toda mi familia: "¡¡¡He capturado la luna dentro del barreño!!!"

La primera en llegar fue mi madre que, al ver el estado en el que qudó la sábana, mejor no explico cómo se puso. Después llegó mi padre que, después de regañarme, me explicó que lo que había en el barreño no era la luna, sino su reflejo; que aquéllo sólo era luz.

Con el tiempo descubrí una herramienta eficaz y maravillosa para capturar luz: la cámara de fotos.

Ahora veo aquella luna en la sonrisa de una novia, en los ojos chispeantes de un niño que hace su Primera Comunión, en las manos entrelazadas de una pareja de novios, o en las emocionadas lágrimas del padrino de una boda.

Ahora, con mi cámara en las manos, tengo el poder de capturar todas las lunas que veo.

 

 

                                                                                     ©  Pedro Cruz.